Ningún momento es insignificante

Posted on 13 noviembre, 2011

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Hace un par de años al debatir con un profesor de preparatoria y universidad respecto a qué es la madurez, quien lamentablemente hace un par de días después de un infarto al corazón dejó de estar con nosotros, dejándome un profundo vació en el corazón y miles de lecciones de vida, me aclaraba que la madurez es la capacidad e inteligencia que el tiempo nos da para aprender a resolver problemas.

El Cacho a los 16 años...

Es claro que a los 16  años me dejó con un montón de dudas y  al tratar de entretejer conceptos concluí que la mejor forma de madurar era vivir toda la cantidad de experiencias posibles. Eso no significaba que me dedicara a buscar problemas, pero sí a reemplazar acciones y conductas de mi vida diaria; por ejemplo, apagar la tele y abrir un libro; probar  siempre lo que nunca he comido;  viajar todo lo posible; tener una opinión clara de lo que acontece; estar abierto a los cambios e ideas nuevas; ayudar al prójimo en todo lo que se pueda; conversar con quien desconocemos y muchas otras cosas más.

El haberme caído el domingo pasado y despertar después de muchas horas con 3 fracturas de cráneo; un intenso dolor de cabeza;  una intolerancia absoluta a la luz; los ojos morados; una cuenta enorme que cubrir en el hospital; mis seres queridos angustiados  y un ciclo de pesadillas que hasta el momento no terminan, me hizo reflexionar profundamente acerca de cómo estoy conduciendo mi vida.

Indudablemente soy un tipo que se caracteriza por ser optimista, incluso puedo estar seguro de que en la vida he hecho prácticamente todo lo que he querido. Soy un aventurero y un mochilero de hueso colorado, adicto a la adrenalina, a los retos, a las emociones fuertes. He vivido muy intensamente y  me arrepiento de muy pocas cosas de las que haya hecho. A su vez he disfrutado de los excesos y de las carencias; de los triunfos y de las derrotas y por supuesto de toda la gente que en su momento me ha acompañado.

Patinando sobre El Callejón del Diablo

En este orden de ideas, la muerte no es algo a lo que yo le tenga miedo, pero pareciera que inconscientemente disfrutaba el desafiarla en todo lo posible; asumiendo riesgos innecesarios, viviendo sin límites, sin miedos y  sólo dedicándome a disfrutar del momento; sin pensar en el largo plazo y sin hacer un análisis concienzudo de la relacion costo-beneficio de cada uno de mis actos.

Afortunadamente, mi capacidad de asombro sigue tan latente como cuando iba en la preparatoria  y hoy desperté mas impresionado que de costumbre de lo hermosa que es la vida. Si bien es cierto que la vida es en un conjunto de coincidencias, tal cual lo he explicado en publicaciones anteriores, también lo es que la vida no es otra cosa más que un conjunto de momentos.Unicamente en nosotros se encuentra la responsabilidad de que cada uno de los instantes que conforman este raro fenómeno denominado vida no sea insignificante. En otras palabras, en nosotros  está el hecho de que cada momento sea memorable o inmemorable, trascendente o intrascendente.

Con el paso del tiempo he confirmado que ese concepto abstracto que para muchos es utópico llamado “felicidad”, es sólo una decisión personal. Estoy convencido de que cada quien es 100% responsable de su felicidad o su infelicidad y de que es sólo un acto de voluntad  que con el tiempo rige nuestra forma de actuar. A mi juicio  lo más difícil es justamente tomar la decisión de ser feliz, de ahí en fuera es sólo una cuestión de de actitud.

Lo que hoy en día me tiene impresionado es la forma o los mecanismos, a veces tan duros, que la vida utiliza para hacernos aprender lecciones. Yo no creo en las casualidades, sino en las causalidades y hoy que después de haber estado en penumbras durante casi una semana, el poder soportar la luz sin temor a que me vaya a explotar la cabeza, me llena de energía para empezar un nuevo ciclo en donde las precauciones ya no deben ser mesuradas. Esto no significa que estoy  renaciendo de las cenizas como el ave fénix, tampoco quiero caer en ese tipo de payasadas. Sólo es que me queda mucho más claro que conforme pasa el tiempo las heridas tardan más en sanar y basta un pequeño instante para desgraciarnos la vida de forma permanente.

Por el momento salí bien librado de esta terrible experiencia, pero si quiero continuar disfrutando de todos los bellos instantes que la vida nos ofrece tengo que llevar a cabo las acciones necesarias para eludir, reducir, compartir o presupuestar los riesgos de la vida y poder garantizar así nuestro mejor porvenir y el de quienes nos rodean. Si es cierto que la vida sólo se vive una vez, pero vivámosla bien y bonito.

Espero les haya gusta esta breve reflexión y puedan compartir sus comentarios al respecto.

Los estima su amigo El Cacho

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